Archivo | febrero, 2012

El regalo de S. Valentín I

18 Feb

La llamada le desconcertó.

El rubor floreció abruptamente en sus mejillas mientras pensamientos y sentimientos intentaban reorganizarse en su mente de algún modo sin mucho éxito.

Entonces, entre aquella amalgama, apareció un recuerdo que había creído olvidar. Recordó aquel año en el que, estando en el colegio, a sus compañeras les pareció gracioso escribirle una nota en la que alguien le citaba al finalizar las clases. Estaba firmada con: Un admirador.

A pesar de que era un alma cándida, supo observar que aquel pergamino enrollado y atado con un lazo rojo no podía ser obra de uno de sus compañeros, aún demasiado pueriles como para que aquel gesto hubiese salido de una mente hormonada como lo eran ya las suyas.

Alba recogió el pergamino una vez leído y lo guardó en su mochila. A la salida de la jornada escolar, el resto de niñas bajaban con ella, expectantes, deseosas de verla esperar y, tal vez, su decepción posterior al ver que no había nadie en realidad.

Pero Alba pasó de la falsa citación y aquella historia quedó como una anécdota más que nunca sería marcada en el almanaque, ni en cuadernos, ni en agendas.

Y ahora, muchos años después, fue capaz de reencontrarse en esa situación.

Ante la espera decidió hacer otras cosas esperando que el repartidor que había llamado hubiese dado con su número por azar, que todo fuese una casualidad. Pero cuando sonó el timbre de su casa supo que tendría que enfrentarse a una realidad que quizá no le gustase. No, estaba casi segura de que no le iba a gustar.

Sandra asomó la cabeza por la puerta del pasillo al oír el timbre y preguntó: -¿Quién es?-.-Es para mí- contestó Alba sin poder dar más explicaciones.

Al otro lado de la puerta estaba el repartidor con una rosa en la mano.

Alba la recibió, sin pena ni gloria, y se dio cuenta de que el repartidor hacía un gesto de extrañeza al observar su rostro.

Tras dar las gracias, Alba cerró la puerta y al darse la vuelta se encontró con su compañera de piso que mirándola con cara curiosa le dijo: -¡Anda, una rosa!, ¿Hay algo que no me hayas contado?-.

No fue capaz de contestar hasta que hubo abierto el sobre esperando algún remitente para poder saber si tenía que alegrarse o no.

Pero el mensaje no tenía remitente. Y tenía pocas pistas pero las suficientes como para que Alba sintiese que no tenía ninguna razón por la que alegrarse.

Alba respiró hondo y pensó que había momentos en la vida en los que ya no servía el reír por no llorar y uno acababa por… Llorar.

Las lágrimas se le escapaban  y rodaban lentamente por sus mejillas mientras que Sandra cogía la tarjeta para ver si allí estaba escrito el motivo del llanto de su amiga.

Al no ver nada extraño en el mensaje, sacudió a Alba diciéndole: -¡Vamos, hombre! ¡Debes de ser la única mujer en este mundo que no se alegra de recibir una rosa un día como hoy! ¡Que es San Valentín!-.

Alba sabía que el gesto de mandar una rosa en esa fecha indicaba romanticismo. Pero en esa flor, en aquella rosa encarnada, iba implícito un mensaje que sólo ella entendía.

La fuerza de la naturaleza

8 Feb

Cuando me quise dar cuenta, la única opción que tenía era patalear.

Lo vi claro, ejercía demasiada fuerza sobre mí, no tenía muchas opciones.

Ella se rebatía e intentaba ganar tiempo. Yo ejercía mi impulso de forma discontinua a sabiendas de que, tarde o temprano, se acabaría rindiendo. Su energía se iría agotando. La fuerza de la naturaleza impera y tarde o temprano, siempre se impone.

Renegué de mi destino, haciendo un acopio de valentía, una medida desesperada de esas que sólo aparecen cuando el platillo de la balanza destinado a las ganancias está prácticamente vacío.

Y seguí luchando por salir de aquella situación. La cabeza me daba vueltas, había mucho ruido. Me concentré en no pensar, sabía que en tal situación no sería capaz de pensar en nada productivo y eso contrarrestaría mis oportunidades de salir adelante.

Su energía se iba agotando. La fuerza de la naturaleza impera y tarde o temprano, siempre se impone.

En la orilla el mar parecía en calma. Cuando empecé a nadar no noté nada extraño pero cuando quise volver me dí cuenta de que estaba encarcelada por la marea. El sol se estaba poniendo y la luna empezó a dejarse ver con mayor nitidez. Luna llena.

Nadar en el mar había sido un capricho. Me iba a salir caro.

La fuerza de la naturaleza impera y tarde o temprano, siempre se impone.

Me pareció extraño que quisiese adentrarse en mí. Decidí acogerla según fue surcándome. Sería una bonita sirena.

Había aprendido a nadar siendo muy joven. Estaba acostumbrada a batirme en el agua en distintos estilos y a pasar horas probando mi resistencia.

Pero empiezo a cansarme. Ya no estoy segura de nada. Los músculos empezaban a agarrotarse, mis labios, bajo el efecto de la sal se empezaban a cuartear. El olor a salitre me provoca mayor sensación de sed.

Ya sólo podía pensar en una cosa: “Nada, nada”.

Se veía su cansancio. No duraría mucho más.

Ya sólo podía pensar en una cosa: “La fuerza de la naturaleza impera y tarde o temprano…”

 

 

Eso lo pongo yo

2 Feb

Llevaba días pensando en lo mismo y aquello le atormentaba.

Le atormentaba la importancia que había cobrado en algún momento el sonido de su voz.

Ya no se acordaba de su voz. Empezaba a no acordarse de nada.

Envuelta en música ya nada era igual.

Al principio todo eran sueños y deseos e ilusión. Las canciones eran alegres y divertidas o románticas.

Ahora la canción era una balada y ella seguía siendo… Ella seguía siendo nada.

Bucenado entre melodías encontró una estrofa que se quedó prendida entre sus ideas: “Lo bueno te lo puse yo”.

Y se reflejaba en ella como si hubiera sido de su creación.

¿Quién conoce a quién? Lo que estaba claro era que no se conocían y que parte de las virtudes de la gente que le rodeaba, ella se las sacaba de la manga, como por arte de magia. Lo malo era que luego se le olvidaba que aquellas bondades eran pura invención y se decepcionaba al quedar falsada su hipótesis.

Ante aquella fotografía, mientras la miraba con detalle, se dio por vencida.

Amaba llevar la razón. Pero odiaba profundamente llevarla en casos como aquel.

Y antes de cerrar el archivo, como para exculparse y sacudirse así la pena, dijo en voz alta:

“Lo bueno te lo puse yo”.