Archivo | agosto, 2012

A hole in my soul

22 Ago

 

Mientras caminábamos por la calle alcé la vista de mis zapatos y me topé con lo que creí un espejismo. No daba crédito. Estaba allí.
-¿Qué tal?

-Bien, ¿y tú? Hacía mucho que no te veía.

– Sí, es verdad. Estás muy guapa

-Gracias

– De verdad

– Sí, sí, te creo. Te he echado de menos.

(Silencio)

                               A hole in my soul.

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–          Venga, descanso  cinco minutos y me siento contigo

–          Ven, apóyate. ¿Te quitas la goma? Así te hago un masaje.

(Teléfono)

–          Ven, que sigo

–          No, déjalo.

–          Estabas tan mona, habías cerrado los ojos y todo.

(…)

–          Mañana del masaje no te libras

A hole in my soul

–          Ya veremos.

 

 

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Sólo por una llamada.

14 Ago

Ella ya sabía que descolgar el teléfono implicaba un riesgo pero, aún así, respondió.

También sabía que quedar con él después de medianoche era como darle de comer a un gremlin después de esa hora; como mínimo, peligroso.

Aún sabiendo a lo que se exponía cogió el teléfono e, inocentemente, fue ella la que propuso quedar a tomar algo después de cenar: – Va, un par de cervezas, hablamos y cada uno a su casa; ¿qué riesgo estaba corriendo? ¿De verdad había alguno?-.

Se le olvidaba que las cosas a veces se tergiversan y que a él poco le importaba tener pareja.

-Nos conocemos bien-, se decían mientras comentaban acontecimientos de sus vidas cotidianas…

Se conocían tan bien que ella no quiso interpretar  que él pidiera una tercera cerveza para ambos (a pesar de su oposición), como el paso para empezar a seducir.

Una sonrisa, una caricia, él dejaba transcurrir las cosas así. Y ella intentaba controlar las posibilidades. Podía dejar que pasara o impedirlo, estaba en su mano. De todos es sabido que hay cosas que no pasan si uno no quiere.

Al terminar la cerveza ella insinuó que ya iba siendo hora de marcharse; él pagó la cuenta y entre bromas insistió en acompañarle a casa. Habían realizado tantas veces la misma acción que ella no le dio importancia y aceptó su compañía hasta la puerta de su casa.

Pero cuando llegaron a la puerta algo cambió en el semblante de su acompañante mientras comenzaba a acortar distancias. Ella sabía que aún estaba a tiempo de frenarle y evadirse.

Sin embargo le dejó hacer, dejó que sus labios se posaran en los suyos y en ese momento supo que no se equivocaba al pensar que, un acto tan simple como descolgar el teléfono, implicaba un riesgo.