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A veces

13 Jun

A veces lo echo en falta. En días como hoy, por ejemplo. Cuando empiezo a pensar que esperar cuando no hay esperanzas no sirve para nada. Cuando tus comentarios sobre mi ropa se los lleva el vaivén formado por uno de mis pestañeos.
Y aún no he descubierto cómo dejar de añorarlo. Es más, creo que incluso, en ocasiones hasta lo ansío.
Tengo que encontrar la forma de darle la vuelta a tantas cosas… Me falta imaginación, tiempo, fuerzas, ganas. Al menos he conseguido controlar en parte mi llanto. Pensándolo mejor, he conseguido controlar mi respuesta fisiológica de la secreción de líquido por el lacrimal. Pero yo se que aunque nadie lo vea, a pesar de que no hay respuesta física y tangible, yo sigo llorando.
Duele. Pero aparentemente tengo todo aquello que pedí en el brindis de año nuevo… Salud, dinero y amor. Y esto no entra en ninguna de las categorías. La ambición tiene una categoría propia.
“Niña, no se llora; no te amargues”. Ya podían ser hechizos las palabras que me dirigen. Ya podrían cumplirse para arropar así mi tempestad interna. Pero la frase de marras me sabe a cáscara de limón y por mucho que quiera no soy capaz de reconducir el gesto para esbozar una sonrisa – esa que tanto me reprocha la gente cuando soy capaz de mostrarla aún previendo la que se me viene encima-.
A veces lo echo en falta. En días como hoy, por ejemplo. Echo en falta que me hagas reír, parar el tiempo en el espacio. Echo de menos los días en los que el sol tiene sentido. Echo de menos ser quien nunca he sido.
Algún día podré volar lejos y ya no necesitaré tu abrigo.
Tal vez.

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Okaerinasai‏

26 Abr

Hace mucho tiempo me escribiste que Okaerinasai‏ era algo así como “bienvenido” en japonés. Resulta curioso leerlo ahora, dejar que se cuele en mis recuerdos y en mi memoria.
Las cosas escritas tienen el poder de reaparecer y me pregunto, aquí y ahora, si las cosas podrían haber sido distintas para nosotros. También me pregunto si al salir debí haberte dejado “atada en corto” –más que nada por si algún día como hoy, me daba por quererte de vuelta-.
El tiempo pasado es mentira. Pero cuando leo aquellas cartas que nos escribíamos, cuando recuerdo que lo que sentía por ti era verdadero y me doy cuenta de que ya no es nada, duele de verdad.
Hay heridas que tardan en cicatrizar y otras que no desaparecen nunca. Cicatrizan pero dejan huella, se quedan tatuadas en nuestra memoria, en nuestra piel, en nuestra rutina.
La herida que se abrió para dejarte vía libre hacia el olvido la curé con mucho cuidado… Probé con todo, incluso cambiar de ambiente y de compañías; ingenuo de mí, creí que serviría. Pero de nada sirve todo ese esfuerzo en los momentos en los que reaparece tu recordatorio y me doy cuenta de lo tarde que se nos ha hecho, de lo profunda que fue la brecha.
Hay cosas que no se pueden cambiar, que un día cogen un rumbo y al perder el timón quedan a la merced de la casualidad y la causalidad.
Y en medio de esta vorágine que me azota sin piedad, sólo me queda pensar en un “Itte rasshai” como despedida, dejando la puerta abierta, por si algún día decides regresar.

– ¿Sabes? He conocido a alguien y… (y no eres tú) -.

18 Sep

Recibió la noticia como un mazazo.

No era la primera vez que le ocurría; escuchaba y comprendía pero no asimilaba.

Tenía una especie de opción “piloto automático” que le permitía continuar con la conversación sin que se le quebrase la voz. Daba la falsa sensación de que estaba serena, de que no iba con ella, de que le afectaba más bien poco, de que, incluso, se alegraba… Pero realmente era ese tipo de calma que antecedía a la tempestad.

Lo peor era el momento de colgar. Lo peor era quedarse sola con sus pensamientos sin saber bien qué sentir. Cuando se hacía el silencio empezaba a computar información, empezaba a intentar cuadrar de nuevo y se veía sin fuerzas, exhausta.

– Estoy cansada, estoy muy cansada- pensaba. Pero luego se autoconvencía de que no era para tanto, que eran cosas que podían pasar, que tendría que dejar, en algún momento, de hacer castillos en las nubes y empezar a mirar bastante más al suelo.

Eso ocurría en muy contadas ocasiones.

Por lo general, al terminar de calcular esa ecuación inexacta de pensamientos y sentimientos acumulados, al ordenarlos y despejar las incógnitas, al hallar el resultado, rompía a llorar. Mientras intentaba controlar la situación, su cuerpo la traicionaba haciéndole temblar como una hoja de papel. Hacía aguas por todos lados. Se derrumbaba, sentía como si hubiesen quitado el suelo bajo sus pies y estuviese ejecutando un ejercicio de caída libre mientras veía cómo se iba aproximando a tierra firme  y adelantaba el despampanante golpe que iba a recibir solamente equiparable al estado de su alma desvencijada.

El dolor empezaba con un nudo en la garganta. Era en ese momento cuando intentaba tranquilizarse y ser racional. Pero había algo más fuerte, siempre había algo más fuerte. Sus sentimientos, sus sueños, sus anhelos rotos pesaban más que su cordura. Y en ese instante enloquecía. No podía ver las cosas de otro modo. Todo era desdicha y todo era oscuridad. Los pensamientos negativos desfilaban por su mente como una comparsa sin fin.

– No llores. Cada una de tus lágrimas vale oro.- le habían dicho. – Lástima-, pensó ella, -si las hubiese guardado ahora sería millonaria.

Ella sabía que el peligro no residía en sus lágrimas. El peligro estaba en las ganas irrefrenables de autodestruirse. Se había visto reflejada en la protagonista del último libro que había leído al comprobar que ella también prefería el dolor físico al que reproducía su mente. Porque el dolor físico, en muchos casos, puede paliarse. Sin embargo muchas personas sufren sus sentimientos que se instalan como fantasmas en caserones abandonados y eso, eso no hay nada que lo palie.

Son letanías interminables de dudas y miedos que se suceden una y otra vez. Y cuando creías que ya se habían olvidado, basta con algo tan insignificante como una palabra, un perfume, una imagen, un sabor, un tacto o una canción para volver a caer en el eterno laberinto de la desesperación.

– Pero, ¡saldrás de esta!-. – ¡Cómo siempre!- Había respondido. -¡Qué remedio!- Pensaba; es luchar o dejarme morir.

A hole in my soul

22 Ago

 

Mientras caminábamos por la calle alcé la vista de mis zapatos y me topé con lo que creí un espejismo. No daba crédito. Estaba allí.
-¿Qué tal?

-Bien, ¿y tú? Hacía mucho que no te veía.

– Sí, es verdad. Estás muy guapa

-Gracias

– De verdad

– Sí, sí, te creo. Te he echado de menos.

(Silencio)

                               A hole in my soul.

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–          Venga, descanso  cinco minutos y me siento contigo

–          Ven, apóyate. ¿Te quitas la goma? Así te hago un masaje.

(Teléfono)

–          Ven, que sigo

–          No, déjalo.

–          Estabas tan mona, habías cerrado los ojos y todo.

(…)

–          Mañana del masaje no te libras

A hole in my soul

–          Ya veremos.

 

 

Por tanto

3 Jul

 

Por tanto el punto de partida es el de siempre; Por tonta creí que esta vez sería diferente.

Por tanto esperé a que las cosas fluyesen, a poder nadar en ríos a favor de la corriente. Por tonta empecé a nadar en un cauce que se iba secando.

Por tanto, como muchas otras veces, seguí ignorando. La gente me animó a ser valiente, a tomar las rindas, a seguir de frente.

Por tonta me declaré poseedora de la verdad absoluta y retomé a pies juntillas la política de cometer heroicidades sólo cuando fuese estrictamente necesario.

Por tanto volví a perder. Por tonta lo doy todo por perdido.

Por tanto he decidido que te dejo. Por tonta no me di cuenta de que “te dejo” al revés es “jódete” y en esas estoy ahora.

Por tanto, por tan poco… Por tonta.

No hay mal que cien años dure

15 Jun

“No hay mal que cien años dure”, me dijo el barquero al pasar. “Ya sé que te parece injusto pero tienes que pagar. Las niñas bonitas no son lo que eran, pasean despacio, se exhiben en la acera”. “Ya no han excepciones”, me dijo el barquero, “las niñas bonitas se pierden con el tiempo”.

“No hay mal que cien años dure”,  me dijo una estrella fugaz, perdiendo su magia y luminosidad. “Nada es eterno, todo morirá; alguno dejará huella, las demás se borrarán”.

“No hay mal que cien años dure”,  eso quiero yo pensar porque si pierdo la esperanza, si dejo de ver el bien, me sentiré malnacida y no habrá nada en qué creer.

La maldición del tiempo

12 Jun

Te escapas.

Es lo que mejor sabes hacer.

Te cuelas, te arrastras, te llevas todo contigo.

Te reflejas en mí en cada instante de mi vida.

Yo, que me considero un huracán, que me llevo tantas y tantas cosas conmigo, innecesarias muchas veces.

Pero tú, tú no dejas nada.

Ni bueno, ni malo, ni regular. Nada.

Tu paso no tiene vuelta atrás, te llevas cada letra que escribo, cada pensamiento que tengo, cada gesto, todo.

¿Cómo haré para pararte, ¡oh tiempo!?

No tengo esperanza porque tú me la robas, marchitas mi juventud, deterioras todo lo que algún día tuvo valor…

Los juramentos se olvidan, quedan obsoletos y se hacen nuevos pactos una y otra vez.

Déjame recuperar algo de lo que voy perdiendo, prométeme que algún día llegaré porque hoy aún estoy muy lejos…