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La maldición

27 Feb

“Poseo la cadera que jamás parirá a tus vástagos, los senos que te envenenaron, la cintura en la que no reposarán tus brazos y la mirada que arrasará cada uno de tus campos.

Soy el verbo maldito que desordenará tus sentencias. el fuego que abrasa pero no calienta. El agua que al beber nunca sacia.

Yo te maldigo así.

Que el tiempo pase por ti mil y un veces a la hora del tormento. Que la felicidad no la alcances ni si quiera un momento. Que tu compañera más fiel sea la soledad por escoltado que te encuentres. Que te pierdas de nuevo al llegar a tu destino. Que las estrellas nunca brillen en tu noche oscura. Que no haya para ti descanso eterno.”

Las palabras se fueron perdiendo en el silencio y la imagen se desdibujó. Fue entonces cuando más se asustó porque no sabía si aquello lo había soñado o lo acababa de vivir.

Con el primer albor abandono su lecho inquieto. Su esposa, que había pasado la noche escuchándole gemir se apresuró hasta darle alcance.

– ¿Quién es?

+ ¿Quién es quién?

– ¡Ella! ¡Esa mujer!

+ ¿Qué mujer, Ana, qué dices?

– ¡Llevas gimiendo su nombre toda la noche! ¿Quién es Bárbara?

Su sangre se heló. Era Bárbara la que protagonizaba su sueño. Estaba maldito. Ella le advirtió que ocurriría.

– “Todo tiene un precio” – Él no le había dado importancia.

Antes de que él se retirase sin volver la vista atrás, Bárbara le había gritado en su desnudez:- A veces las palabras no sirven-. Pero la frase fue acunada por el viento. Aquella mujer pactaba con el demonio, no convenía escuchar.

No sabía por qué se había encaprichado con ella; Él, que lo tenía todo, tuvo que hacerla suya y marcar su cuerpo.

Ana empezó a llorar: -¿ Quién es? ¿Qué has hecho?

El joven se vio incapaz de darle una respuesta. Afligido, cogió las manos de su esposa, las besó, le acarició la mejilla y partió.

No podía cambiar el pasado y no quería compartir con nadie su suerte.

Dicen las malas lenguas que, en las noches más oscuras, a veces se le ve vagar en los alrededores, esperando que, algún día, cambie su destino.

La clase de Marina

30 Oct

– Muy bien Marina, vamos a repasar para tu examen de mañana.

– Pero si tú no eres profe de lengua.- Espeta  Marina esperando salvarse de estudiar  para su examen una horita más.

-No, pero también sé-.

(…)

– Profe, tú si fueras una palabra, ¿qué serías?-.

– Termina el esquema sobre los tipos de sintagma y luego te lo cuento.-.

Marina me mira, incrédula, mira al libro, vuelve su cabeza hacia el folio en blanco y suspira amagando un quejido. Pero coge el bolígrafo y empieza a escribir.

(…)

– ¡Ya!-. Marina me mira con una sonrisa de oreja a oreja, sólo ha tardado quince minutos en decidir qué poner en el esquema y completarlo. Sospecho que, por mucho que haya copiado y haya intentado ver qué es importante y qué no, no se ha enterado.

– Vale.  Explícame cuál es el núcleo del sintagma nominal.-.

– El núcleo.-. – ¡Muy bien, eso mismo era lo que yo quería saber!- Parece que responde con palabras aleatorias recogidas de las preguntas que formulo…

-Marina… Vamos a ver, el núcleo es la palabra más importante y esa  palabra en el sintagma nominal es…-.

-Un nombre o un pronombre.-.

– ¡Bien!-. – ¿Y el núcleo del sintagma verbal?-. – Aquí igual ya le estoy pidiendo demasiado…-.

– El verbo-.

– ¡Fenomenal! Venga, vamos a terminar de repasar.

Consigo que no se distraiga demasiado en lo que queda de hora y consigo que repase y entienda  lo más importante pasando por todos los puntos.

– ¿Cuánto queda?-. Esta es la pregunta estrella… Cuando ha bostezado más de dos veces la estoy esperando porque sé que, tarde o temprano, lo va a preguntar.

– Ya acabamos. ¿Quieres saber qué tipo de palabra sería?-. Marina cambia de posición y me escucha atenta… Empiezo a pensar que no sería ninguna bobada contarle todo lo que tiene que aprender como si fuese un cuento. Empiezo: – Si fuese una palabra me gustaría ser un verbo-.

-¡Ah, ya sé! Porque es lo que marca la acción o el estado.-.

– Sí, pero no sólo por eso. Hay idiomas en los que el verbo es tan importante que según sea la frase, hay momentos en los que se va.

– ¿Se va?

-Sí. Es tan importante que sabe que da todo el significado a la oración y  que  tiene que estar bien colocado. Y a veces su posición esta al final, haciendo esperar al resto de la frase para que tenga sentido…

Y con esto ya hemos terminado.-.

Marina se queda pensando y eso me hace muy feliz. Que piense. Y que aprenda.

 

 

 

Un gran hit en mi otra vida.

24 Sep

 

Le encanta componer canciones. Le encanta poner música a los distintos momentos del día.

Y componía. Para ella más que para nadie.

De vez en cuando, enviaba a su “mano derecha” su última composición.

Aquella mañana había tenido un tiempo para dedicarse a sí misma y lo había invertido en capital musical.

Había terminado las estrofas que le permitían cantar un nuevo tema.

Había decidido qué notas iba a emplear y se había grabado con la calidad habitual -horrible-, permitiéndose así recordar la melodía sabiendo que aquella canción pronto regresaría al lugar de donde venía.

Decidió que quería ser escuchada y mandó un e-mail a su dirección predilecta esperando la crítica, siempre benévola, de su interlocutora.

-Un momento, déjame que lo escuche un par de veces y ahora te digo-.

Esperó paciente sabiendo que la respuesta sería positiva.

– Me gusta, debería pasar a la “lista de las elegidas”-.

-Otro gran hit en mi otra vida-.

Sabe que es probable que nunca salga a la luz más allá de ser escuchada por un par de amigos, entre copas.

En su otra vida es capaz de subirse a un escenario con una fuerza titánica y dejarse las manos, voz y corazón en cada actuación.

En mi otra vida…

El cazador

1 May

“Tras dar un paseo con su presa, el cazador se apiadó.

Había visto la bondad en sus ojos y lo que había sido fácil, se había vuelto complicado de tal modo que no sería capaz de ejercer su oficio.

Entonces, en un momento de lucidez el cazador apuntó a su presa y gritó – ¡Huye!-. La presa no entendía muy bien qué estaba pasando pero al ver al cazador con el arco tensado y la flecha apuntándole, echó a correr.

El cazador sabía bien lo que ocurriría al no poder cobrar la pieza que le habían encargado, sí. Se había jugado más de lo que podía apostar pero, aun sabiendo que el castigo que recibiría podía entrañar la muerte, no tuvo la frialdad de despojar la vida a aquella criatura. “

– No puedo.-

+ ¿No puedes o no quieres?-

-No puedo.-

+ ¿Por qué, he hecho algo mal?-

-No.-

+Explícamelo, por favor.-

-Verás, no es fácil. Me gustaría poder responder como esperas que responda…-

+¡Pero si yo no espero nada!-

-Escúchame primero. Tú crees que no esperas nada, pero lo haces. Se que lo más sencillo sería dejarme llevar y lo he hecho durante casi dos meses. Me he sentido bien a tu lado pero no puedo darte lo que me pides aunque no me hayas dicho lo que sientes. Tú no te das cuenta pero lo veo en tus gestos y en tus palabras. Y me gustaría poder dártelo, de verdad, pero no puedo hacerlo.-

“Tras dar un paseo con su presa, el cazador se apiadó.

Habría sido una presa fácil de cobrar pero al verla confiar ciegamente, al comprobar que comía de su mano, todos sus argumentos se desbarataron y la dejó escapar.

El cazador sabía bien lo que ocurriría al no poder cobrar la pieza que le habían encargado, sí. Se había jugado más de lo que podía apostar pero, aun sabiendo que el castigo que recibiría podía entrañar la muerte, no tuvo la frialdad dejugar a ser un dios con la vida de aquella criatura. “

Y quien dijo vida, lo confundía con amor.

El regalo de S. Valentín I

18 Feb

La llamada le desconcertó.

El rubor floreció abruptamente en sus mejillas mientras pensamientos y sentimientos intentaban reorganizarse en su mente de algún modo sin mucho éxito.

Entonces, entre aquella amalgama, apareció un recuerdo que había creído olvidar. Recordó aquel año en el que, estando en el colegio, a sus compañeras les pareció gracioso escribirle una nota en la que alguien le citaba al finalizar las clases. Estaba firmada con: Un admirador.

A pesar de que era un alma cándida, supo observar que aquel pergamino enrollado y atado con un lazo rojo no podía ser obra de uno de sus compañeros, aún demasiado pueriles como para que aquel gesto hubiese salido de una mente hormonada como lo eran ya las suyas.

Alba recogió el pergamino una vez leído y lo guardó en su mochila. A la salida de la jornada escolar, el resto de niñas bajaban con ella, expectantes, deseosas de verla esperar y, tal vez, su decepción posterior al ver que no había nadie en realidad.

Pero Alba pasó de la falsa citación y aquella historia quedó como una anécdota más que nunca sería marcada en el almanaque, ni en cuadernos, ni en agendas.

Y ahora, muchos años después, fue capaz de reencontrarse en esa situación.

Ante la espera decidió hacer otras cosas esperando que el repartidor que había llamado hubiese dado con su número por azar, que todo fuese una casualidad. Pero cuando sonó el timbre de su casa supo que tendría que enfrentarse a una realidad que quizá no le gustase. No, estaba casi segura de que no le iba a gustar.

Sandra asomó la cabeza por la puerta del pasillo al oír el timbre y preguntó: -¿Quién es?-.-Es para mí- contestó Alba sin poder dar más explicaciones.

Al otro lado de la puerta estaba el repartidor con una rosa en la mano.

Alba la recibió, sin pena ni gloria, y se dio cuenta de que el repartidor hacía un gesto de extrañeza al observar su rostro.

Tras dar las gracias, Alba cerró la puerta y al darse la vuelta se encontró con su compañera de piso que mirándola con cara curiosa le dijo: -¡Anda, una rosa!, ¿Hay algo que no me hayas contado?-.

No fue capaz de contestar hasta que hubo abierto el sobre esperando algún remitente para poder saber si tenía que alegrarse o no.

Pero el mensaje no tenía remitente. Y tenía pocas pistas pero las suficientes como para que Alba sintiese que no tenía ninguna razón por la que alegrarse.

Alba respiró hondo y pensó que había momentos en la vida en los que ya no servía el reír por no llorar y uno acababa por… Llorar.

Las lágrimas se le escapaban  y rodaban lentamente por sus mejillas mientras que Sandra cogía la tarjeta para ver si allí estaba escrito el motivo del llanto de su amiga.

Al no ver nada extraño en el mensaje, sacudió a Alba diciéndole: -¡Vamos, hombre! ¡Debes de ser la única mujer en este mundo que no se alegra de recibir una rosa un día como hoy! ¡Que es San Valentín!-.

Alba sabía que el gesto de mandar una rosa en esa fecha indicaba romanticismo. Pero en esa flor, en aquella rosa encarnada, iba implícito un mensaje que sólo ella entendía.

La fuerza de la naturaleza

8 Feb

Cuando me quise dar cuenta, la única opción que tenía era patalear.

Lo vi claro, ejercía demasiada fuerza sobre mí, no tenía muchas opciones.

Ella se rebatía e intentaba ganar tiempo. Yo ejercía mi impulso de forma discontinua a sabiendas de que, tarde o temprano, se acabaría rindiendo. Su energía se iría agotando. La fuerza de la naturaleza impera y tarde o temprano, siempre se impone.

Renegué de mi destino, haciendo un acopio de valentía, una medida desesperada de esas que sólo aparecen cuando el platillo de la balanza destinado a las ganancias está prácticamente vacío.

Y seguí luchando por salir de aquella situación. La cabeza me daba vueltas, había mucho ruido. Me concentré en no pensar, sabía que en tal situación no sería capaz de pensar en nada productivo y eso contrarrestaría mis oportunidades de salir adelante.

Su energía se iba agotando. La fuerza de la naturaleza impera y tarde o temprano, siempre se impone.

En la orilla el mar parecía en calma. Cuando empecé a nadar no noté nada extraño pero cuando quise volver me dí cuenta de que estaba encarcelada por la marea. El sol se estaba poniendo y la luna empezó a dejarse ver con mayor nitidez. Luna llena.

Nadar en el mar había sido un capricho. Me iba a salir caro.

La fuerza de la naturaleza impera y tarde o temprano, siempre se impone.

Me pareció extraño que quisiese adentrarse en mí. Decidí acogerla según fue surcándome. Sería una bonita sirena.

Había aprendido a nadar siendo muy joven. Estaba acostumbrada a batirme en el agua en distintos estilos y a pasar horas probando mi resistencia.

Pero empiezo a cansarme. Ya no estoy segura de nada. Los músculos empezaban a agarrotarse, mis labios, bajo el efecto de la sal se empezaban a cuartear. El olor a salitre me provoca mayor sensación de sed.

Ya sólo podía pensar en una cosa: “Nada, nada”.

Se veía su cansancio. No duraría mucho más.

Ya sólo podía pensar en una cosa: “La fuerza de la naturaleza impera y tarde o temprano…”

 

 

De perfumes y recuerdos efímeros

12 Dic

-¿Me das un abrazo?-

La pregunta me pilla de sorpresa pero respondo con un “sí, claro, cómo no”.

Hace mucho tiempo que no nos vemos pero me gusta saber que aún nos entendemos con una mirada.

Mientras nos abrazamos su perfume deleita mi olfato. Y me encanta su abrigo rojo.

Como hay confianza se lo digo y ella sonríe y responde con un tímido “gracias” acompañado de una de sus sinceras sonrisas.

–          Te has afeitado, estás raro, ¿es alguna promesa?-.

Me hace gracia su comentario, Paula siempre tan espontánea…

-No Paula, simplemente me apetecía, además a Maite le gusta-.

Maite sonríe a mi lado y asiente mientras conversa con otro de nuestros amigos.

-Hacía mucho que no nos veíamos, te he echado de menos- . Mientras Paula articulaba la frase iba borrando su sonrisa.

– Lo sé, pero si te consuela, no me ha visto nadie-.  Y no sé bien por qué lo estoy diciendo porque sé que a Paula eso no la consuela en absoluto…

Paula se excusa y se marcha porque a la mañana siguiente tiene que trabajar.

Yo me marcho del brazo de Maite, paseando.

Cuando llego a casa el perfume de Paula sigue en mi sistema olfativo y antes de dormir recuerdo la última vez que nos vimos:

Cenamos en casa de Maite y después de la cena me puse a  tocar la guitarra. Paula y yo compartíamos gustos musicales y antes de empezar mi relación con Maite, ella era mi acompañante en los conciertos.

No sé por qué, empecé a cantar e instintivamente, levanté la cabeza y miré al frente mientras las palabras que salían de mis labios eran las siguientes: “necesito un amor que no cueste trabajo para seguir de pie”.

Me refleje en los ojos de Paula y no pude acallar el mensaje subliminal que acababa de confesar, un mensaje que nunca fui capaz de desmentirle.