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– ¿Sabes? He conocido a alguien y… (y no eres tú) -.

18 Sep

Recibió la noticia como un mazazo.

No era la primera vez que le ocurría; escuchaba y comprendía pero no asimilaba.

Tenía una especie de opción “piloto automático” que le permitía continuar con la conversación sin que se le quebrase la voz. Daba la falsa sensación de que estaba serena, de que no iba con ella, de que le afectaba más bien poco, de que, incluso, se alegraba… Pero realmente era ese tipo de calma que antecedía a la tempestad.

Lo peor era el momento de colgar. Lo peor era quedarse sola con sus pensamientos sin saber bien qué sentir. Cuando se hacía el silencio empezaba a computar información, empezaba a intentar cuadrar de nuevo y se veía sin fuerzas, exhausta.

– Estoy cansada, estoy muy cansada- pensaba. Pero luego se autoconvencía de que no era para tanto, que eran cosas que podían pasar, que tendría que dejar, en algún momento, de hacer castillos en las nubes y empezar a mirar bastante más al suelo.

Eso ocurría en muy contadas ocasiones.

Por lo general, al terminar de calcular esa ecuación inexacta de pensamientos y sentimientos acumulados, al ordenarlos y despejar las incógnitas, al hallar el resultado, rompía a llorar. Mientras intentaba controlar la situación, su cuerpo la traicionaba haciéndole temblar como una hoja de papel. Hacía aguas por todos lados. Se derrumbaba, sentía como si hubiesen quitado el suelo bajo sus pies y estuviese ejecutando un ejercicio de caída libre mientras veía cómo se iba aproximando a tierra firme  y adelantaba el despampanante golpe que iba a recibir solamente equiparable al estado de su alma desvencijada.

El dolor empezaba con un nudo en la garganta. Era en ese momento cuando intentaba tranquilizarse y ser racional. Pero había algo más fuerte, siempre había algo más fuerte. Sus sentimientos, sus sueños, sus anhelos rotos pesaban más que su cordura. Y en ese instante enloquecía. No podía ver las cosas de otro modo. Todo era desdicha y todo era oscuridad. Los pensamientos negativos desfilaban por su mente como una comparsa sin fin.

– No llores. Cada una de tus lágrimas vale oro.- le habían dicho. – Lástima-, pensó ella, -si las hubiese guardado ahora sería millonaria.

Ella sabía que el peligro no residía en sus lágrimas. El peligro estaba en las ganas irrefrenables de autodestruirse. Se había visto reflejada en la protagonista del último libro que había leído al comprobar que ella también prefería el dolor físico al que reproducía su mente. Porque el dolor físico, en muchos casos, puede paliarse. Sin embargo muchas personas sufren sus sentimientos que se instalan como fantasmas en caserones abandonados y eso, eso no hay nada que lo palie.

Son letanías interminables de dudas y miedos que se suceden una y otra vez. Y cuando creías que ya se habían olvidado, basta con algo tan insignificante como una palabra, un perfume, una imagen, un sabor, un tacto o una canción para volver a caer en el eterno laberinto de la desesperación.

– Pero, ¡saldrás de esta!-. – ¡Cómo siempre!- Había respondido. -¡Qué remedio!- Pensaba; es luchar o dejarme morir.

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Frustraciones 2

12 Sep

 

Es como la sensación que te queda cuando vas en el autobús y al parar en un semáforo, ves paseando por la acera alguien a quien hace mucho que no ves. Y te encantaría que volviese la cabeza y te reconociese para poder saludarle o lanzarle un beso, pero prosigue su camino.

O como cuando decides llamar a alguien por teléfono porque hace tiempo que no habláis pero en ese momento no puede hablar contigo y te dice que te llamará, pero luego nunca llama.

O como cuando te encuentras a un viejo amigo por la calle y te das cuenta de que esa amistad fresca y espontánea está completamente oxidada y que el otro ha decidido guardar vuestros recuerdos en el trastero y has quedado sustituido.

O como …

Sólo por una llamada.

14 Ago

Ella ya sabía que descolgar el teléfono implicaba un riesgo pero, aún así, respondió.

También sabía que quedar con él después de medianoche era como darle de comer a un gremlin después de esa hora; como mínimo, peligroso.

Aún sabiendo a lo que se exponía cogió el teléfono e, inocentemente, fue ella la que propuso quedar a tomar algo después de cenar: – Va, un par de cervezas, hablamos y cada uno a su casa; ¿qué riesgo estaba corriendo? ¿De verdad había alguno?-.

Se le olvidaba que las cosas a veces se tergiversan y que a él poco le importaba tener pareja.

-Nos conocemos bien-, se decían mientras comentaban acontecimientos de sus vidas cotidianas…

Se conocían tan bien que ella no quiso interpretar  que él pidiera una tercera cerveza para ambos (a pesar de su oposición), como el paso para empezar a seducir.

Una sonrisa, una caricia, él dejaba transcurrir las cosas así. Y ella intentaba controlar las posibilidades. Podía dejar que pasara o impedirlo, estaba en su mano. De todos es sabido que hay cosas que no pasan si uno no quiere.

Al terminar la cerveza ella insinuó que ya iba siendo hora de marcharse; él pagó la cuenta y entre bromas insistió en acompañarle a casa. Habían realizado tantas veces la misma acción que ella no le dio importancia y aceptó su compañía hasta la puerta de su casa.

Pero cuando llegaron a la puerta algo cambió en el semblante de su acompañante mientras comenzaba a acortar distancias. Ella sabía que aún estaba a tiempo de frenarle y evadirse.

Sin embargo le dejó hacer, dejó que sus labios se posaran en los suyos y en ese momento supo que no se equivocaba al pensar que, un acto tan simple como descolgar el teléfono, implicaba un riesgo.

El regalo de S. Valentín I

18 Feb

La llamada le desconcertó.

El rubor floreció abruptamente en sus mejillas mientras pensamientos y sentimientos intentaban reorganizarse en su mente de algún modo sin mucho éxito.

Entonces, entre aquella amalgama, apareció un recuerdo que había creído olvidar. Recordó aquel año en el que, estando en el colegio, a sus compañeras les pareció gracioso escribirle una nota en la que alguien le citaba al finalizar las clases. Estaba firmada con: Un admirador.

A pesar de que era un alma cándida, supo observar que aquel pergamino enrollado y atado con un lazo rojo no podía ser obra de uno de sus compañeros, aún demasiado pueriles como para que aquel gesto hubiese salido de una mente hormonada como lo eran ya las suyas.

Alba recogió el pergamino una vez leído y lo guardó en su mochila. A la salida de la jornada escolar, el resto de niñas bajaban con ella, expectantes, deseosas de verla esperar y, tal vez, su decepción posterior al ver que no había nadie en realidad.

Pero Alba pasó de la falsa citación y aquella historia quedó como una anécdota más que nunca sería marcada en el almanaque, ni en cuadernos, ni en agendas.

Y ahora, muchos años después, fue capaz de reencontrarse en esa situación.

Ante la espera decidió hacer otras cosas esperando que el repartidor que había llamado hubiese dado con su número por azar, que todo fuese una casualidad. Pero cuando sonó el timbre de su casa supo que tendría que enfrentarse a una realidad que quizá no le gustase. No, estaba casi segura de que no le iba a gustar.

Sandra asomó la cabeza por la puerta del pasillo al oír el timbre y preguntó: -¿Quién es?-.-Es para mí- contestó Alba sin poder dar más explicaciones.

Al otro lado de la puerta estaba el repartidor con una rosa en la mano.

Alba la recibió, sin pena ni gloria, y se dio cuenta de que el repartidor hacía un gesto de extrañeza al observar su rostro.

Tras dar las gracias, Alba cerró la puerta y al darse la vuelta se encontró con su compañera de piso que mirándola con cara curiosa le dijo: -¡Anda, una rosa!, ¿Hay algo que no me hayas contado?-.

No fue capaz de contestar hasta que hubo abierto el sobre esperando algún remitente para poder saber si tenía que alegrarse o no.

Pero el mensaje no tenía remitente. Y tenía pocas pistas pero las suficientes como para que Alba sintiese que no tenía ninguna razón por la que alegrarse.

Alba respiró hondo y pensó que había momentos en la vida en los que ya no servía el reír por no llorar y uno acababa por… Llorar.

Las lágrimas se le escapaban  y rodaban lentamente por sus mejillas mientras que Sandra cogía la tarjeta para ver si allí estaba escrito el motivo del llanto de su amiga.

Al no ver nada extraño en el mensaje, sacudió a Alba diciéndole: -¡Vamos, hombre! ¡Debes de ser la única mujer en este mundo que no se alegra de recibir una rosa un día como hoy! ¡Que es San Valentín!-.

Alba sabía que el gesto de mandar una rosa en esa fecha indicaba romanticismo. Pero en esa flor, en aquella rosa encarnada, iba implícito un mensaje que sólo ella entendía.