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Ya no se nos oye

21 Nov

Y decidí pedirle canciones a la radio
Para no pedírtelas a ti
Que el sentimiento se nos va cristalizando
Y ya no se nos oye reír.

He visto a la luna
colgarse en los tejados
de un oscuro y frío Madrid
Y me traslado a alguna noche de verano
cuando aún estabas aquí.

Se me acaban las excusas
y aún flaquean mis fuerzas.
¡Qué difícil se hace todo
dando más vueltas de tuerca!
Me desvelo en la agonía
de la falta de tibieza.
No escribo al derecho un verso
y al revés ya no me renta…

Y decidí pedirle canciones a la radio
para no pedírtelas a ti
que revolver entre las frases que creamos
me retiene en este jardín

He visto la nieve
posarse entre los nardos
mientras se escuchaba un chotis

y ver en Sol adornos, luces y regalos…

Ya no se nos oye reír.

Tejados de Madrid

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Okaerinasai‏

26 Abr

Hace mucho tiempo me escribiste que Okaerinasai‏ era algo así como “bienvenido” en japonés. Resulta curioso leerlo ahora, dejar que se cuele en mis recuerdos y en mi memoria.
Las cosas escritas tienen el poder de reaparecer y me pregunto, aquí y ahora, si las cosas podrían haber sido distintas para nosotros. También me pregunto si al salir debí haberte dejado “atada en corto” –más que nada por si algún día como hoy, me daba por quererte de vuelta-.
El tiempo pasado es mentira. Pero cuando leo aquellas cartas que nos escribíamos, cuando recuerdo que lo que sentía por ti era verdadero y me doy cuenta de que ya no es nada, duele de verdad.
Hay heridas que tardan en cicatrizar y otras que no desaparecen nunca. Cicatrizan pero dejan huella, se quedan tatuadas en nuestra memoria, en nuestra piel, en nuestra rutina.
La herida que se abrió para dejarte vía libre hacia el olvido la curé con mucho cuidado… Probé con todo, incluso cambiar de ambiente y de compañías; ingenuo de mí, creí que serviría. Pero de nada sirve todo ese esfuerzo en los momentos en los que reaparece tu recordatorio y me doy cuenta de lo tarde que se nos ha hecho, de lo profunda que fue la brecha.
Hay cosas que no se pueden cambiar, que un día cogen un rumbo y al perder el timón quedan a la merced de la casualidad y la causalidad.
Y en medio de esta vorágine que me azota sin piedad, sólo me queda pensar en un “Itte rasshai” como despedida, dejando la puerta abierta, por si algún día decides regresar.